Como en un pueblo fantasma,
deshabitada la emoción, suena el silencio.
Duermen
sobre la mesa polvorienta, del pasado,
los cubiertos sucios de la infancia,
un trozo de lo que ayer fue pan adolescente,
y un vaso con rastros de vino adulto, de crianza.
En la pared agrietada,
colgado de un vetusto clavo,
el cuadro torcido, de la madurez,
sin nadie para enderezarlo.
Me abandono por la carretera,
llena de socavones de mi pasado,
sin otro equipaje que,
el sonido de mis pies, alejándome
viernes, 13 de enero de 2017
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